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AUDI A1, ruta por las Tabernas más Castizas de Madrid

octubre 7, 2015

Adecuando el vehículo a las circunstancias, ni duda cabe en elegir la opción tanto Premium como deportiva de su clase: el AUDI A 1. El pequeñín, pero vigoroso de la marca nos acompaña en una jornada de sábado, recorriendo las más emblemáticas y anecdóticas tabernas de la Capital. Urbanita, manejable y tremendamente ágil para conducir por el centro de Madrid, va dejando huella, ahí donde vamos, por su inusual y pronunciada inclinación de los pilares C. Inconfundible determinar la casa, AUDI; curvas elegantes, estabilidad en carretera, bajo consumo, y aunque sobrio en detalles y acogedor, apreciables materiales de calidad. Y así arrancamos… primera parada: Lhardy Carrera de San Jerónimo, 8. Data: 1.839. Ambiente cortesano y aristócrata, abre sus puertas recién acabado el abrazo de Vergara, entre Espartero y Maroto. En este local se tramó la historia de España. Conspiraciones, asaltos, dinastías, motines, dictaduras… Antes de aparcar en el Parking de Sevilla nuestro Audi A1, pasamos por delante observando la original fachada de Caoba de Cuba, que hace referencia a las colonias españolas de Ultramar. Y si, vamos dispuestos a probar uno de los mejores platos de Callos a la madrileña, o para los más cosmopolitas,” gamo a la Austríaca”. Fue el primer local hostelero donde se permitió la entrada a mujeres. Ya Isabel II se escapaba para reunirse con sus amigas, o el mismo Alfonso XII, de incógnito, para juntarse con los suyos. Un comentario frecuente de la época era “he visto al Rey, entrando en Lhardy”. Lugar favorito de Primo de Rivera, donde se decidió, en contraste, el nombramiento de Alcalá Zamora. El memorable papel pintado de sus papeles, chimeneas y ornamentos, fueron sucesivas veces nombrados en obras de Galdós, Azorín, o Gómez de la Serna. También aquí tuvieron lugar tertulias científicas, de los ya, mas actuales, Marañón, López Ibor, Pozuelo… Aquí se decidía la historia de este país! Recogemos nuestra “máquina” Audi A 1, del garaje, que inevitablemente reclama la atención de los transeúntes. Y es que esa sencillez, manejabilidad por las calles del centro, y el divertido arco en diferente color… no pasan desapercibidos.

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Parada número 2: El Almendro 13. C/ El Almendro, 13. Cambia la orientación del producto, pero sin menospreciar la calidad. Hablamos de las famosas Roscas(la mejor, la de pringá), y Almendritos. Esta tipiquísima taberna Andaluza, referente en el tapeo de la capital, ofrece, por cada caña, indiscutiblemente bien tirada, conservas tradicionales de tapa, en barriles de madera sin barnizar, o dentro de su local, con antiguos mosaicos de azulejos andaluces. Muy apreciados sus huevos estrellados, acompañados de mucha variedad de finos, manzanillas, chacinas y embutidos. Andalucía, en pleno centro castizo. Seguimos en manos, como no, del Audi A 1, que nos sorprende con una increíble visibilidad, sobre todo trasera, a la hora de aparcar/desaparcar. Un pro a destacar.

Taberna de los Alabarderos. c/ Felipe V, 6. En los aledaños del Palacio de Oriente, y justo en frente del Teatro Real. Gracias a los 3,95 m de nuestro AUDI A1, y seguramente, a San Agapito, conseguimos sitio fácilmente, Voilá, casi en el mítico “rincón del codo”. Así, de paso, paseamos por el agradable Madrid de los Austrias. Se respiran aires de gran historia, de acontecimientos importantes detallados en los libros. Por estas calles ocurrieron muchas cosas… Fundada en 1.974, por el párroco madrileño, Luis Lezama, quien ayudaba a “muletillas” (figura taurina) y jóvenes de pocos recursos, dándoles educación y trabajo en sus locales hosteleros, como éste, o el café de Oriente. Su nombre, viene dado por los Soldados del cuerpo especial de Infantería, que daban guardia de honor a los Reyes, “los Alabarderos”. Su mesa 11 fue testigo de tertulias literarias de la generación del 27. Políticas, con Fraga, Adolfo Suarez, O Felipe González. También taurinas, humorísticas y teatrales. Su especialidad es un exquisito pincho de pimiento relleno de bacalao, y sin lugar a duda, un must, las patatas a lo pobre tradicionales. Impecable barra de madera oscura, cristales brillantes, vidrieras, y elegancia en su servicio. Excelente materia prima, cordialidad en su servicio. Parece que los años no pasaron, para esta legendaria.

Quién no conoce La Bola. C/ La bola, 5. Data de 1.970. Se huele el ambiente bullicioso de la época. Recetas tradicionales. Plato estrella: cocidito madrileño. A fuego lento, durante 4 horas. Ingrediente principal: el cariño. Misma cantidad, sin escatimo, de antaño. Factor inigualable: Cocinado en pucheritos individuales, sobre brasas de madera de encina. Cuentan las crónicas de la Villa y Corte, que allá hacia 1.870 se servían 3 tipos de cocido. El de las doce del mediodía, (por 1.15 pesetas), dirigido mayoritariamente a los obreros. El de la una de la tarde (1.25 pesetas), que ya incluí gallina, preferido de los estudiantes. Y el de las dos, el de carne y tocino, elegido por periodistas y senadores. Cabe destacar, aunque no hemos salido de un radio de 5 km a la redonda el bajísimo consumo del AUDI A 1. Será su tamaño, pero también, la adaptabilidad a ambos escenarios. Mucho hay que hacer para sacarle los colores… Qué mejor que un buen coche, y un paseo castizo por las más emblemáticas tabernas y calles de Madrid!

Por último, aunque no por ello, menos importante: Casa Alberto. c/ Huertas, 18. Si no eres responsable del transporte, prueba su Vermut de grifo, y acompáñalo con los mejores torreznos de la ciudad! Regentada por varias generaciones, todas segovianas. Data de 1.827, y se ubica en el edificio original donde vivió Miguel de Cervantes. Entonces se vivió un gran dinamismo en los cafés y teatros, abundando así músicos callejeros, traperos y floristas. Paseantes y oficinistas degustaban sus tapas variadas, y el vermú o vermut, (original del vino de Valdepeñas, conservado en pellejos de vaca), que se hizo sitio como la “bebida del aperitivo madrileño”. Al encontrarse próximo al Museo del Prado y teatros, numerosos actores, artistas personajes de la sociedad de entonces, frecuentaban la taberna, que lograba cerrar a altas horas de la madrugada. Nunca se descentró en su máxima: mantener el casticismo madrileño, adaptándose a los tiempos, y exigencias del cliente.




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